Experiencias Erasmus+ en Italia. Del 5 al 13 de septiembre, Marta, Paula, David, Lorena y José Ángel participaron a través de MUNDUS en youth exchange “New Migrations – Active Inclusion”. Marta, que ejerció de “team leader”, nos transporta con su texto a una experiencia inolvidable en Sala Bolognese.

Si después de leerlo te entran ganas de participar en algo similar, entra aquí.


Una vuelta rápida por Barcelona, alguna que otra cervecita y, cuando nos dimos cuenta, llegábamos tarde al aeropuerto. Siete de la mañana. Larga cola en la puerta de embarque y Ryanair nos factura la maleta (¡vaya!). De repente se acerca una chica:

– ¡Hola! ¿Sois Marta y David? Yo soy Lorena, la chica de Galicia.

Genial. Ya éramos tres de cinco en el equipo de zombies somnolientos de camino a la Stazione Centrale de Bolonia. Después del ineludible y merecido café, recogimos a José, que había dormido en el aeropuerto de Milán y venía hasta Bolonia en bus. Sorprendentemente, sus ojeras no eran tan brutales como las del resto, y venía con la maleta cargada de ilusión y ganas, y alguna que otra palabra en italiano que había recogido por el camino. Genial; ya sabíamos que “piano” quiere decir “despacio”.

Pues así tal cual, muy muy piano, es como funciona el servicio de trenes en Italia. Así que llegamos tarde (cómo no…) a nuestro destino final: Casa Largaiolli, una especie de masía en mitad de la nada, donde Paula, la última participante en unirse al grupo (pero la primera en llegar) nos estaba esperando. Así, de entrada, vivir en el campo no parecía el planazo del siglo, pero (¡ojo, spoilers!) ese lugar se acabaría convirtiendo en un verdadero hogar para nosotros, muy a lo casa de Gran Hermano. Cinco polacos, cinco búlgaros, cuatro rumanos y un puñado de italianos convivirían con nosotros cinco en aquel recóndito emplazamiento emilioromañol durante los siguientes ocho días. Entonces fue cuando apareció nuestro primer miedo: “Ni de coña nos aprenderemos los nombres de toda esta gente”.

Después de una primera noche, fría tanto en lo meteorológico como en lo social, nos pusimos manos a la obra. En nuestro grupo íbamos muy ilusionados y preparados para este proyecto, New Migrations; Active Inclusion, y ya sabíamos que los amigos de Bel Quel (la asociación italiana que nos recibía) se lo habían currado mucho. Pero, sinceramente, no esperábamos que el intercambio terminase siendo tan productivo e interesante como fue. Desde el primer ice-breaker hasta la evaluación final, los métodos no formales de trabajo, dinámicos e interactivos, hicieron que un tema a priori complejo como es el de las migraciones y la inclusión se volviese tan atractivo que ni el cansancio nos aflojaba las ganas.

Y, mientras tanto, íbamos haciendo grupo dentro y fuera del programa oficial: en la cocina, preparando nuestro particular energizer en cafetera italiana; tirados en el césped mientras alimentábamos a manadas de mosquitos tigre (¿habrán muerto ahora que no estamos?), invadiendo habitaciones ajenas a la hora de la siesta (palabra ya internacional)… Y, por supuesto, en las maravillosas “intercultural evenings”. Un chupito de “jugo de pepinillos” a lo polaco, un aperitivo italiano con Raffaella Carrà de fondo, unas fotos increíbles de la preciosa Rumanía, o los más divertidos bailes regionales búlgaros amenizaron nuestras noches en Casa Largaiolli. Sin una gota de alcohol, por supuesto (guiño, guiño)…

La Spanish Evening, en concreto, fue genial. Paula se marcó una mega-presentación sobre España, y sacamos a relucir nuestras dotes culinarias y una playlist de lo más castizo que José había preparado. La comida duró segundos en la mesa. Literalmente. No sabemos si les gustó más el queso de tetilla de kilo y medio que trajo Lorena o la sangría peleona que les preparamos. Lo que no tuvo precio fue ver a los italianos intentar ubicar Zafra (Extremadura) en el mapa; o a los polacos diciendo que Carlos Sobera es un político español; o a nuestro salmantino David haciendo como que domina el euskera.

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Sin que nos diésemos cuenta, la Spanish Evening fue precisamente la que marcó un punto de inflexión en nuestra experiencia. Pasado el ecuador del intercambio, fuimos conscientes de que ya éramos (casi) expertos en los flujos migratorios de Europa y de nuestros países. Habíamos conocido las cifras, habíamos dibujado mapas con nuestros cuerpos, habíamos estado a favor y en contra de abrir las fronteras y nos habíamos puesto en la piel y en la pluma de un refugiado. Además, aquellos desconocidos del principio ya no lo eran más: habíamos pasado de preguntarles el nombre cada diez minutos a llamarlos por cariñosos apodos. Y ese miedo del principio se convirtió entonces en el de tener que decir adiós (perdón, hasta luego) a todas aquellas caras.

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Como cada mañana, aquel día tocamos el bongo en círculo y nos pusimos en marcha con un energizer. Sin embargo, aquel sábado hubo algo diferente: ¡nos fuimos de excursión! En nuestro camino por aprender buenas prácticas para la inclusión de personas migrantes, Bel Quel nos llevó a conocer a Mohamed, un inmigrante afgano que regenta la pizzería Kabulogna en Bolonia. Sus pizzas estaban deliciosas, pero su historia nos dejó un sabor agridulce… Hay que ser muy valiente para dejarlo todo atrás en busca de una vida mejor. O con el simple objetivo de tener una.

Nuestra jornada boloñesa acabó con todo el grupo colaborando con el proyecto Accoglienza Degna, en el centro social autogestionado Làbas. Allí conocimos a sus voluntarios y les ayudamos, entre otras cosas, a preparar unas deliciosas lasañas y montones de tigelle. Ese día ofrecían una cena popular para recaudar fondos y así poder seguir manteniendo la residencia para inmigrantes sin hogar y sin trabajo que tienen en marcha.

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La experiencia en Bolonia, de algún modo, también nos hizo implicarnos más en la última parte del proyecto: la inclusión. ¿Cómo puede ser tan diferente la percepción del de fuera según el país en el que vivas? En este proyecto nos dimos cuenta de que hay mucho por hacer cuando se trata de ser conscientes del “problema” migratorio y que Europa y los Estados pueden y deben ponerse manos a la obra para gestionarlo. Desde el equipo español, también aportamos nuestros ejemplos de buenas prácticas en la inclusión activa de inmigrantes, generando un debate muy fructífero.

Cuando todo acabó y nos hubimos despedido de todos los compañeros (ya os imagináis: lágrimas, abrazos y muchas promesas de futuras visitas), llegó la hora de hacer balance: todo el equipo estaba de acuerdo en que esa experiencia tan positiva nos dejaba, sin embargo, una sensación de vacío inmensa, como de querer más. Y pensando en soluciones para llenar ese hueco, planeamos pedir otro Youth Exchange cuanto antes para que se nos pase la morriña. Y así nos estamos recuperando de la depresión post-intercambio. Así que… ¡A por otra experiencia inolvidable con Mundus!

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