Joana Domenech – SVE de la Asociación Mundus en Bulgaria. 

Para las personas dubitativas como yo, las mejores decisiones suelen ser las que se toman a toda prisa y sin sopesarlas demasiado. Así fue como llegué a Bulgaria, tras haber enviado una solicitud un par de semanas antes para participar en un SVE durante un año entero.

Me despedí de mi anterior trabajo, de familia y amigos en busca de algo diferente que rompiera con la tediosa rutina y sacudiera el polvo que ésta posa inevitablemente sobre uno. El proyecto sonaba prometedor: colaborar en la organización del Balkan Youth Festival. Un evento musical que tiene lugar desde hace 20 años en Sandanski, una ciudad del sur de Bulgaria, a finales de Agosto.

Me despojé de casi todos mis miedos (siempre es bueno guardar alguno en la recámara) y llené la maleta de grandes expectativas e ilusiones para poner rumbo a Sofía, la capital de un país que desconocía por completo. Ya han pasado casi 7 meses desde que aterrice en tierras balcánicas la noche del 1 de Abril. Mentiría si afirmara que todo ha sido de color de rosa, pero si pondero mi experiencia en una balanza, ésta se decanta inevitablemente hacía el lado positivo. Y quizás parece que tiro de tópico, pero realmente lo malo vivido es lo que más me ha servido para aprender.

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Durante este medio año he tenido la oportunidad de seguir formándome en el ámbito de la comunicación cultural, de ser más autodidacta que nunca, de ofrecer lo poco que sabía y empaparme de lo mucho que mi organización, las amistades que he forjado y la cultura búlgara me han enseñado. He viajado cuanto he podido y más, he conocido personas con las que comparto no sólo mis días sino una visión del mundo muy parecida, también he encontrado a muchas opuestas que han ampliado mis miras y me han deshecho de ciertos prejuicios que ni siquiera era consciente de tener.

Este país me ha abierto las puertas a conocer una Europa totalmente distinta, la del este. Así como a disfrutar de Los Balcanes, una península apasionante que, a pesar de los innumerables conflictos territoriales del pasado, alberga en su gente un espíritu esencialmente generoso. A mis 27 años he aprendido a leer y a escribir en alfabeto cirílico, y puedo decir que chapurreo, aunque a duras penas, el búlgaro.

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Pero si tengo que quedarme con lo mejor que esta experiencia me ha brindado es con la sensación de esperanza. Después de ausentarme un año de un país sumido en una crisis económica, identitaria y política, sé que volveré (¡porque volveré!) más optimista y resiliente que antes. Porque sí, a pesar de la miseria que nos salpica a diario, este proyecto me ha mostrado que el mundo está lleno de bellas oportunidades a la espera de ser abrazadas con la generosidad balcánica que tanto admiro.

Joana Domènech