“Kobani con i. Eso es. Apunta tu Facebook y cuando pueda te agrego. ¿Tienes bolígrafo?”. Mehmet, de 17 años, lleva casi un mes en Kobane Camp, uno de los primeros campamentos de tiendas que se levantaron en Suruç –ciudad en el sur de Turquía– tras la llegada masiva de refugiados kurdos.

El padre de Mehmet se apresura a ofrecer un cojín y buscar té en la tienda de al lado, la 81. “Teníamos una bonita casa. Quizá cuando volvamos estará destruida, pero espero regresar pronto”, asegura el hombre. Mehmet cuenta que abandonaron Kobani por orden de las Unidades de Protección Popular (YPG) cuando los enfrentamientos se pusieron más violentos. Los ataques del Estado Islámico (EI) en la región de Rojava, norte de Siria, han provocado el desplazamiento de unas 200.000 personas hacia territorio turco, según datos del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR).

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En las últimas semanas Suruç ha triplicado su población, de 20.000 habitantes. Uno de los coordinadores del campo de refugiados explica que la situación se ha estabilizado, pero las dificultades son las mismas. Todavía hay muchas familias que viven en la calle y faltan medicamentos y comida.

Mujeres y niños hacen cola delante de la furgoneta de la Media Luna Roja para recibir la ración diaria de arroz y pan. Los hombres prefieren pasar el día en las oficinas del Partido kurdo de la Democracia y la Paz (BDP), que se han convertido en un hervidero de información y emociones. En la sede del partido, kurdos provenientes de Turquía esperan la oportunidad de cruzar la frontera y sumarse a la lucha en Kobani, mientras familiares de los combatientes acuden para conocer las últimas bajas.

La Municipalidad de Suruç, gobernada por el propio BDP, coordina la ayuda humanitaria y la gestión de los campos, financiados en gran parte por el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK). Uno de los portavoces del partido kurdo, Ismail Shahin, afirma que no se cansarán de acoger a las personas llegadas del Kurdistán Este –norte de Siria–. “Son parte de nosotros”, aclara Shahin.

Los kurdos no reconocen la frontera turco-siria, establecida tras la Primera Guerra Mundial, y que separó a decenas de familias en la región. Algunas de ellas se han instalado estos días en casas de parientes en Suruç, o han ocupado viviendas vacías. Otros han tenido que asentarse en Avesta Dugun Salonu, un salón para ceremonias que sirve de dormitorio, o en la mezquita de Abmed-l Bican.

El municipio se ha adaptado rápido a las necesidades de las decenas de miles de recién llegados. Las organizaciones locales coordinan las tareas en los campos y en el improvisado almacén, donde se recibe la ayuda humanitaria y a los voluntarios tanto kurdos como turcos llegados desde diferentes partes de Turquía.

“Ahora estamos más ordenados, pero es complicado calcular el suministro. No sabemos cuánto durarán los combates”, explica Deniz Dilan, una de las coordinadoras del depósito. Según Dilan, se necesita ropa de abrigo y medicamentos para afrontar la llegada del invierno.

“Por la noche hace mucho frío en los campos”, cuenta Mehmet, “dos de mis hermanos ya han enfermado”. Como tantos otros jóvenes, Mehmet se pasa el día dando vueltas por la ciudad y hace recados para su familia. “Ahora voy al Centro Cultural a por aspirinas. ¿Te vienes conmigo?”. La biblioteca se ha adaptado como dispensario para suministrar tratamientos básicos a los refugiados, que pasan varias horas en la cola para recoger medicamentos.

Suruç se ha convertido en el símbolo de la resistencia kurda y en una improvisada retaguardia, donde miles de personas intentan normalizar su vida, mientras observan cómo los combates destruyen sus casas. Las últimas noticias sobre Kobani han aumentado la esperanza de las familias en poder volver. Pese a la buena acogida en la localidad vecina, todos coinciden en que su hogar está al otro lado de la frontera.​